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Mi experiencia como migrante transformó mi forma de entender el “ser mujer”

Migración es el desplazamiento de una población desde un lugar de origen a otro destino, lleva consigo un cambio en la residencia habitual de las personas o del hábitat en el caso de las especies animales migratorias.

El proceso comprende la emigración, por motivos políticos, culturales, económicos, sociales o personales. Los refugiados también están dentro del total de los migrantes internacionales.
El incentivo a la migración apunta no solo a las ganancias económicas, sino todas aquellas relacionadas con vivir en sociedades con sistemas políticos democráticos y un amplio respeto a las libertades y los derechos humanos.

De aquí parte mi reflexión sobre mi propia emigración hacia Europa, a comienzos de la década de los 70’, del pasado siglo. 

 

Mi emigración a Suecia

 

La familia ya estaba formada y nos esperaba un incierto mañana. La opción fue optar y adaptarnos a un cambio radical: otro idioma, clima extremo, su idiosincrasia, pero con una positiva recepción hacia los chilenos, un punto a favor nuestro. 

A pesar de ser profesionales, comenzamos por trabajar en lo que fuera, y para conseguir mejores oportunidades de trabajo, aprender el idioma era un deber para salir adelante. A su vez, el integrarse a grupos latinos hizo más llevadero nuestra intención de conservar nuestras raíces. 

No obstante, el estándar de vida que logramos llevar no significó estar libres de cuestionamientos y conflictos que llevaron a mi marido y a mí a decidir por separarnos.

Afortunadamente, en esta sociedad había una gran red social, legal e institucional que amparaba a las personas más vulnerables en estos casos, a saber, las mujeres y los niños. 

 

Ser mujer en Suecia y ser mujer en Chile: un mundo de diferencias

 

El status de la mujer en Europa me permitió captar y comprender que nos merecemos todo el respeto del mundo y todo lo que necesitemos para un desarrollo humano positivo, justo y nos permita aportar a la sociedad con todos nuestros talentos y sueños.

Entonces nuestras hijas crecieron en un ambiente que no fue el de sus padres, ellas recibieron el mensaje de una sociedad avanzada.

La mayor echó raíces allá y la menor emigró al país de sus padres, lo que le significó desprogramarse de esta sociedad europea y reprogramarse según cómo funciona nuestro relajado Chile, pero siempre manteniendo una actitud positiva y de querer ser un aporte para esta sociedad. 

 

Conflictos como mamá

 

El alto bienestar económico y social de este país es un arma de doble filo, ya que las relaciones humanas, en general, se ven opacadas por una frialdad en las actitudes y en los comportamientos que absorben a algunos hijos, volviéndolos indiferentes y poco empáticos por la familia.

Felizmente, esto no es generalizado. Comprendí que mi compromiso como mamá era estar siempre cerca de ellas, con ellas y para ellas, y esto me da hoy la satisfacción de tener la certeza de haber construido una buena relación, afectiva y cercana.

 

¿Cómo incide esta historia en mi adultez mayor?

 

Creo que mi opción más sana, fue reconocer y aceptar la opción de cada una de ellas, como así mismo, la mía y afortunadamente tengo la tranquilidad de que cada una de nosotras está hoy en el lugar preciso.

Como persona mayor, debo decir que mi presente lo he construido con dos primeras partes: una con formación en Chile y una con formación fuera de Chile, como emigrante; y este “hoy” que estoy viviendo es el resultado de haber transitado por esos dos períodos tan distintos.

 

Tratemos con dignidad a los inmigrantes

 

Actualmente y frente a la inmigración que Chile vive y que en vez de tener una política integral de migración tenemos “soluciones parche”: abordajes anticuados, sin recursos, sin oportunidades de trabajo y que –en fin- nos dejan muy mal como país.

Urge una acción responsable, una legislación moderna y adecuada para este enorme desafío país, que mira con desconfianza a los que buscan una vida mejor. Qué mejor ejemplo que el de los que han querido volver voluntariamente a sus países.

Chile y sus incoherencias, hace migrar a cientos de personas que nos ven como un país de oportunidades, cuando esto –según lo que acabo de exponer- no es más que una propaganda engañosa.

Finalmente, a partir de lo que me ha tocado vivir, quiero pedirles que nunca olvidemos que los migrantes, donde quieran que vayan, son siempre -y al igual que “los nacionales”- un pequeño grano de arena que, en conjunto con otros, contribuyen en la construcción de un país.

 

*Este artículo es parte del Proyecto “Envejecer como mujer: reflexiones de blogueras mayores” financiado por el Ministerio Secretaría General de Gobierno a través del Fondo de Fomento de Medios de Comunicación Social 2018.

  

Soy una bloguera mayor, mi profesión actual es mi propia evolución personal, amarme a mí misma y poder compartir con otros lo que estoy aprendiendo, gracias a mi inquietud de estar siempre en la búsqueda de conocimientos, teóricos y prácticos. Valoro y agradezco los diferentes ciclos de vida pasados ya que, gracias a ellos, estoy hoy viviendo la etapa más feliz de mi vida.

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